El regreso del viejo chiflado a la ciudad se vivía como un auténtico acontecimiento. Vítores, fanfarrias, pasacalles. Nadie estaba verdaderamente feliz, sin embargo, porque el regreso del viejo chiflado sólo podía significar un presagio funesto. En cuanto terminaron los festejos los mayores se pusieron a recoger las cosas, pero los mozos se dirigieron al viejo para requerir sus servicios, tal como dictaba la tradición. El viejo podía obrar toda clase de prodigios, desde conocer los secretos de su interlocutor hasta descubrir tesoros ocultos. Pero esa vez se limitó a escuchar a los mozos, que hablaban sin cesar, incapaces de decidir qué cabriolas querían ver hacer al viejo. Ocurrió lo que todo el mundo temía: llovieron sapos y culebras y el suelo se abrió bajo la ciudad. A la mañana siguiente, todo el mundo respiró con alivio al comprobar que sólo había sido un sueño. Pero cerca del carrusel, alguien descubrió un graffiti que el día anterior no estaba ahí. Era el nombre secreto del viejo, escrito en caracteres que sólo los animales domésticos podían leer.

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